Quisiera descorrer
el muro textil
que nos separa.
Engarzar con mis
labios los contornos
de tu piel.
Respirar el olor de tu deseo;
cabalgar tu sexo
hasta el deleite más excelso
para luego retornar
al frio entre tu yo
y mi yo convexos.
Quisiera descorrer
el muro textil
que nos separa.
Engarzar con mis
labios los contornos
de tu piel.
Respirar el olor de tu deseo;
cabalgar tu sexo
hasta el deleite más excelso
para luego retornar
al frio entre tu yo
y mi yo convexos.
Ya no estás.
Tu figura se difumina
en la distancia
te marchaste con el sol
del crepúsculo
tus huellas permanecen
en la húmeda arena
de la desolada playa
y las estelas de ellas
revoloteando
entre tus piernas.
Y yo permanezco sola
descalza en la orilla
el frío escarcha mis lágrimas
y un estremecimiento me recorre.
Estoy sola.
Viviré sola.
Sola lloraré.
Sola, en la distancia.
Ni un grito sale de mi garganta
ni una palabra.
La devastación, el golpe, el embate,
el latido, el rugido,
el aullido, el alarido, el lamento
el gemido sordo, la aflicción
ha sido mortal.
Aquí agonizo, aquí retoñaré.
Y la muerte la miró de cara
Y no sintió miedo
Y no sintió lástima
Y miró con ojos de ausencias
Y vio que todo estaba en paz
Y miró la clepsidra
Y sintió que llegaba la hora
Y vio el pasado
Y de sus ojos brotó
Una sola lágrima
Y dijo adiós
A hijos y amigos
Y desde la distancia de su hogar
sintió por fin la paz.
entre balas de desprecio
y batallas de soledad,
en la trinchera del alma
herida,
donde el silencio era mi
certeza.
Con cada golpe,
un muro de defensa interior,
donde la fragilidad
se transmutaba
en un grito de pundonor.
Aprendí a quererme en la
tormenta,
a valorar cada gota de rocío,
a encontrar la paz en la tempestad,
y el sol radiante tras las
nubes.
Ya no soy víctima de la
desdicha,
ni esclava de la ajena
opinión,
soy dueña de mi propia dicha,
reina de mi propia creación.
Aprendí a quererme,
y en ese amor he encontrado,
la fuerza para seguir,
la luz que alumbra mis
andalias.
Del profundo abismo de
la memoria,
nace esta nana, canto
ancestral.
Como la Madre Tierra,
fecunda y sabia,
dulce como el maguey,
fuerte como el coral.
Sabrosa como tu piel,
morena y suave,
tejida de sol, luna y
mar.
En cada verso,
un abrazo ancestral,
un pedacito de mi alma para ti. Nana, nana, melodía ancestral,
del fondo del alma, un canto maternal.
En cada palabra, un beso,
un
suspiro, un recuerdo
que en el alma respiro.
Del profundo pozo de la memoria
rescato esta nana, como un tesoro.
Los años pasan, pero el recuerdo perdura,
como una huella en la arena,
una
cicatriz pura.
Para mi hijo Carlos, se la debía desde hace años.
Casi dos lustros,
un siglo en mi sentir,
sin tu mirada serena,
sin tu calor.
Dos lustros sin tus caricias,
solo el eco de tus pasos en mi
interior.
Volaste con ella, cual aves al sol,
dejándome en la orilla,
con el alma en soledad.
Recuerdo nuestra playa,
y aquel fatídico día,
tus besos, mis promesas,
mi adiós sin alegría.
Tus pisadas junto a las suyas,
una danza cruel,
marcando la arena,
grabando mi tristeza.
Sola sigo mi camino,
buscando consuelo,
anhelando el día en que
vuestras almas me liberen
y juntas retornemos a la alegría.
India 18-11-2011/ 24-07-2024
Descansa en paz junto a la hermana
añorada y los hermanos no conocidos. Todos juntos esperadme junto a Aqueronte
para cruzar el Cocito y ahogar la soledad.
intrusa indeseada en mi
alma.
Se apropia de mí ser,
cual hiedra trepadora,
robándome la luz,
la alegría y la aurora.
De mis recuerdos se alimenta,
fantasmas del ayer que la sustentan.
Sueños marchita, cual
flores en sequía,
dejando un vacío que el
alma agota.
Blanquea mis mejillas,
con su gélida mano,
apagando la sonrisa,
en un llanto callado.
Se enseñorea de suspiros,
cual diosa tirana,
ahogando la esperanza en una
pena nimia.
La soledad, un monstruo sin rostro,
que devora la ilusión, sin
dejar huella.
Amor y fe marchita,
cual hojas en otoño,
dejando mi corazón en un yermo
eterno.
Más no te rindas,
alma, lucha con bravura,
enciende la llama que aún
arde
en tu lóbrega tristeza.
Aprendí a quererme
entre balas de desprecio
y batallas de soledad,
en la trinchera del alma
herida,
donde el silencio era mi
certeza.
Con cada golpe,
un muro de defensa interior,
donde la fragilidad
se transmutaba
en un grito de dignidad.
Aprendí a quererme en la
tormenta,
a valorar cada gota de rocío,
a encontrar la paz en la tempestad,
y el sol radiante tras las
nubes.
Ya no soy víctima del quebranto,
ni esclava de la ajena consideración,
soy dueña de mi propia dicha,
reina de mi propio génesis.
Aprendí a quererme,
y en ese amor he encontrado,
la fuerza para seguir,
la luz que alumbra mis
andalias.
Soledad, maldita compañera,
un espectro que acecha en la sombra,
apropiándose
de la vida entera,
un ladrón de sueños y de toda claridad.
Menoscaba recuerdos,
desbaratando sueños,
ilusiones marchitas,
amores arrebatados.
En sus garras heladas,
la piel se vuelve nívea,
los suspiros se ahogan,
y el alma se estanca.
Marchita la ilusión,
la fe se vuelve escombros,
la esperanza se esfuma,
dejando solo despojos.
En ocasiones
una gran aventura,
en una imagen
infinita,
se capta una leve
piedra,
velada e inconmovible
que une un instante
con el infinito
con el pretérito prístino
y éste con el porvenir,
con costuras de eternidad.
Después de días de fiesta
danzas y cava,
las gaviotas,
tornan a conquistar las playas,
se bambolean entre las olas
habitando su propia resaca.
y poseyendo, al fin,
las playas de invierno.
umbroso
transita el agua mansa.
En el nítido azul del cielo
pasa la garza volando
percibiendo el rumoroso
éxodo del agua
que va saltando
de guijarro en guijarro
en el sendero que enfrenta el río.
Los sauces le besan en su camino,
acariciando su húmeda frente
con su frondosas ramas.
Las mariposas gozosas
danzan entre las brillantes gotas.
De los nenúfares,
saltan las ranas
brillando al sol del estío.
Las libélulas cabriolean
entre juncos y jaras;
la araña aguarda,
agazapada en su tela,
a la mosca distraída.
La niña,
en el muelle sentada,
balancea y salpica
el agua con sus pies.
Todo compone una
sublime sinfonía
en esta plácida tarde
de canícula y
el sol refleja
esplendentes órbitas
en el sendero perpetuo
del agua mansa,
la brisa se levanta
y algunas hojas
emprenden un efímero vuelo.
Es el verano que nos
inunda de causalidad.
encontré tu huella
En El Palmar
un beso
En Zahara de los Atunes,
una sonrisa
En Vejar de la Frontera,
un suspiro
En Bolonia
un te quiero
En Cádiz
un verbo con acento
En los Caños de Meca
un deseo
En Medina Sidonia
un latido
En Chiclana
a Adán y la manzana.
Y en mi boca
un profundo suspiro.
Soy como ese árbol herrumbrado
que perdió sus raíces.
Áspera, tenaz, bronca.
¿Por qué?
Porque sufrí
el dolor del látigo
de la palabra,
del silencio,
del desprecio.
¿Con mi alma llena de
amor?
Si, amor por mí.
Echamos al vuelo
el verbo de nuestros deseos.
Como hojas secas
en el ocre otoño
piso las ausencias.
El silencio es cómo un río
fluyendo en el abismo
de esta cierta decadencia
del abandono
de tu risa y tu voz.
Qué voy a hacer con toda
esta nostalgia
que me embarga sin ti.
surge insomne y silencioso,
entre murmullos inaudibles,
deslizándose lentamente,
el gusano verde
con su gran nariz de cristal
y sus laterales bocas
que engullen insaciables
a la gente que deambula
en esta mañana
tenebrosa, cerrada y fría,
desapacible y gris
sombría y con carrasperas.
Los sonidos difusos
se desdibujan con el paisaje.
Se intuye el aroma a churros
y chocolate,
desvaído
entre vapores imprecisos
y luces nostálgicas,
amortiguadas y confusas,
de un semáforo en rojo.

Trascienden al mar las olas
Trasciende el beso la boca
Trasciende el amor al hombre
Trasciende la palabra al verbo
Trasciende tu recuerdo mi memoria
Y el ave trasciende al viento
Trasciende la luz al sol
Y la muerte a la vida
Y el frío al calor
Y el dolor a la alegría
Trasciende la ausencia a la ventura
Trasciende el olvido a la promesa
Trasciende mi yo al verso
Trasciende la tierra a tu presencia
Trasciende el silencio al perdón.
Huye por las oquedades
de mi cuarto
Se balancea en las orillas
de mis pestañas,
la persigo y no la hallo
se me resbala de entre las manos
Se cose el verbo
al fondo de la boca,
me esquiva por entre
los símbolos de un libro
y se me pierde.
El viento se para
en mis cortinas
como velaje
de barco desplegadas,
y al recogerlas,
me asemejo
a un filibustero
que plegara en puerto
su velamen.
Y la desertada
torna al cabo
y atrapo la palabra
que andaba buscando.
Algunas soledades son miserias
otras soledades son afables,
tienen luz en sus miradas
mientras que aquellas son ciegas
y sordas y audaces,
entran por los poros de la piel
y se hacen grandes,
grandes miserias que arrastramos
en nuestras descomunales mochilas.
Arrastrando cadenas
que no son nuestras,
son de ellas;
aquellas soledades
que son miserias.
Las manos vacías de pasiones
son ausencias de amanecer.
Cúpulas sangrantes de la nada,
orbes desnudos y estériles.
Miserias de hambre,
de poder y orgullo
de riquezas malversadas
en opulencias cenagosas
plagas de esputos
sangrientos de tísicas
ostentaciones.
las piedras ya no cantan
su viejo cantar
al paso del río.
Las palomas de la Paz
son prostituidas
en millones de fotogramas
en aras del recreo.
La yerba de la ausencia
ha crecido hasta cubrir
mis ajadas andalias.
Y el camino sigue
imperturbable
sin preguntar acaso
si mis pies llagados
quieren seguir
esta senda oscura
o quieren arraigarse
expuestos
al sol de la primavera
que se presiente
en este viento gélido
amenazante de
aguaceros infinitos.
En la noche oscura, sin
luz ni luna,
fueron llevados al
paredón de muerte,
los republicanos que
lucharon con coraje,
por la libertad y la
igualdad en la nación.
Fusilados sin piedad,
sin juicio ni razón,
por aquellos que
impusieron su tiranía,
y silenciaron la voz de
la libertad,
que se alzaba en las
calles con pasión.
Sus cuerpos yacen en
fosas comunes,
sin nombre ni lápida que
los recuerde,
solo el dolor de sus
familias queda.
Pero su lucha no fue
estéril,
su memoria vive en sus linajes.
Los robles de sus
corazones
esparcieron semillas
de ejemplo que hasta hoy
nos guían.
Y nacieron nuevos robles
de su savia dormida
alzándose hacia el azul
celeste que nos mira.