domingo

EL JUICIO DE LOS DIOSES

 










Que entren.

Que ocupen el lugar
que durante siglos
nos obligaron a ocupar a nosotros.

Hoy no comparecen los hombres.

Hoy son los dioses
quienes se sientan
en el banquillo de los acusados.

No habrá sacerdotes
traduciendo su silencio.

No habrá profetas
explicando lo inexplicable.

No habrá una sola palabra
capaz de convertir la sangre
en un acto de amor.

Que empiecen los testigos.

Pase la madre
que aún conserva
la habitación intacta
porque no aprendió
a sobrevivir a la ausencia de un hijo.

Pase el niño
que preguntó durante años
por qué su padre
no volvió nunca.

Pase el anciano
que enterró
a quienes debían enterrarlo a él.

Pase la mujer
que todavía duerme
abrazada a una fotografía.

Que hablen.

Que nombren uno por uno
a los desaparecidos,
a los inocentes,
a los que nunca tuvieron tiempo
de despedirse.

Y cuando terminen,

que ningún dios
pronuncie la palabra
misterio.

Porque hay palabras
que no absuelven.

Hay palabras
que sólo sirven
para esconder al culpable.

Decían
que todo obedecía
a un plan.

Que lo demuestren.

Decían
que el sufrimiento
era necesario.

Que expliquen
la muerte de los niños.

Que expliquen
las cunas vacías.

Que justifiquen
las guerras bendecidas.

Que expliquen
las manos
que siguen buscando
a quien ya no volverá.

Y si no pueden,

que nadie vuelva
a levantar un templo
sobre el dolor de los inocentes.

Que nadie vuelva
a llamar voluntad divina
a lo que jamás aceptaríamos
de un ser humano.

No pido condena.

Sólo exijo
la misma justicia
que ellos reclamaron
para nosotros.

El juez pregunta.

Los dioses callan.

Se levanta la sesión.

Los dioses siguen sin declarar.

martes

VUESTROS DIOSES

 
















Todavía huele a ti la almohada.
Y ya hay quien dice
que el cielo te reclamó.


Aún suena su nombre
en mi lengua,
y ya os atrevéis a decir
que ahora pertenece a los dioses.

Decidme,
¿qué os debíamos
para que os llevarais
lo único
que jamás os perteneció?

Nos arrancáis de las manos
a quienes amamos
y lo llamáis destino
para que nadie pueda señalar al culpable.

Después inventasteis
otras palabras:

Voluntad,
designio,
plan.

Palabras que no devuelven un hijo.
Ni una madre.
Ni un amante.
Ni un amigo.

Si un hombre hiciera
lo que atribuís a vuestros dioses,
lo sentaríamos ante un tribunal.

Pero como es dios,
le levantamos templos.

Como es dios,
llamamos misterio
a lo que en cualquier otro
llamaríamos crueldad.

Y aun así,
con la garganta rota,
seguimos encendiendo velas.

Seguimos suplicando.

Seguimos entregando la fe
como quien entrega
lo último que le queda.

Yo no.

No quiero dioses
que necesiten la muerte
para demostrar su poder.

No quiero dioses
que conviertan el amor
en una deuda
que siempre terminan cobrando.

Si existen,
no los venero.

No levantaré templos
a quien necesita la muerte
para sostener su poder.

Prefiero el abismo
a vuestros dioses.


miércoles

REGRESO A CASA











Regreso,  

con la sal aún en el cuerpo 

y un puñado de soles

que todavía brillan.    

 Con el cuerpo dorado  

por el Mediterráneo,  

con el alma sosegada  

tras el calor 

y la distancia.  

Los sueños me acompañan,  

me acompañan siempre.  

Aún me despiertan  

con la angustia de la ausencia,  

pero brota de nuevo la calma,  

y perdura  

el recuerdo  

de los días de sal.  

 Las noches  

de baladas dulces,

la paz,  

el sol,  

la mar.  

Esa mar  

que descubrió la chiquilla 

que soy  

y que el tiempo  

se ha llevado una parte. 

Entonces  

existía una senda por andar.

Hoy  

quedan el desaliento  

y la memoria. 

Ya saciada,  

más sosegada,  

vuelvo a casa.  

Mi cuerpo regresa,  

mi alma  

queda anclada. 

Una tristeza infinita.  

Sí,  

más también  

en calma.

 

EL RÍO, LA VIDA

El río discurre a mi vera,
y no hay silencio:
siempre el agua…
siempre ese latido líquido
que sabe más de mí que mi memoria.

El río…
lo veo correr,
y al mirarlo
soy yo quien huye.

Atrás van quedando
padre, madre, amigos…
el hijo.
Mi hijo…

Su nombre se deshace en la corriente
como una caricia que no alcanzó a quedarse.

Se va quedando atrás allá,
en aguas que aún me duelen,
en remansos donde la vida
aprendió a romperse sin ruido.

Y avanzo.

Al frente, meandros,
curvas suaves que prometen descanso,
aguas mansas que me abrazan
como si el mundo, por un instante,
quisiera pedirme perdón.

Pero el río no olvida.

De nuevo los rápidos,
la furia,
las piedras que laceran la piel
y también el alma,
porque hay heridas que no sangran
pero ahogan.

Y atrás…
el hijo.

Perdido en el río,
en ese río que me acecha,
que me nombra,
que me conoce.

Me acompaña,
me sigue,
me adelanta,
me contiene y me desborda.

Quedó varado el hijo…
o quizá fui yo
quien no supo alcanzarlo.

Y sigo.

Por delante, aguas mansas,
otras orillas,
otros brazos que me encuentran.

Cariño, ternura…
pero ya no la del hijo.

Otras manos,
mis niñas,
sus caricias
como pequeñas luces flotando
sobre esta corriente oscura.

Sus ojos…
los veo a través del agua,
y en ellos
todavía habita la vida
que el río no pudo arrebatarme.

El río es mi vida.
No se parece:
es.

Agua de lágrimas
que nunca terminan de caer,
de tormentas que me partieron en dos,
de amores que ardieron
como si fueran eternos.

De delicias breves,
de felicidad que pasó rozándome
como una libélula imposible.

De muerte…
de soledad…
de ese hueco donde aún pronuncio
un nombre que no vuelve.

Pero también
de empuje.

De ese impulso feroz
que me obliga a seguir nadando
aunque el cansancio me hunda.

De reflexión,
de pausas donde me recojo
como si el río, por fin,
me dejara escucharme.

Y aquí sigo,
a su vera,
siempre el agua…

Siempre el río.

Y en su corriente,
mi vida entera
aprendiendo
a no dejar de fluir.

 

domingo

TU INOCENCIA (A la memoria de mi hijo Gabriel)



A veces, cuando llueve,
miro al parque
y me quedo quieta,
como si el tiempo
se hubiera detenido entre los árboles.

Entonces
una sonrisa leve
se dibuja en mi boca,
hecha de recuerdos,
de otras lluvias,
de otros años
que aún viven en algún rincón del alma.

Y te veo.

Te veo entrando corriendo por la finca,
con los pies chapoteando en los charcos,
la ropa empapada,
el pelo pegado a la frente
y la voz llena de mundo.

—Mamá, mamá,
¡mira lo que tengo!

Y llegabas hasta mí
con un pajarillo entre las manos,
tembloroso,
mojado de lluvia
igual que tú.

Pelo de niño,
plumas de ave,
dos criaturas diminutas
rescatadas de la tormenta.

Pero tus mejillas
ardían rojas
por la carrera
y por la emoción de haber salvado algo.

—Mira mamá,
lo he salvado
de morir bajo la lluvia.

Entonces buscábamos una caja,
y la llenábamos de algodón,
capa sobre capa,
como si estuviéramos
construyendo un pequeño nido humano.

Y tú lo mirabas en silencio
con esa ternura tan tuya
que parecía venir de un lugar
donde aún no existe el dolor.

—Mamá, mañana,
cuando deje de llover,
lo llevo otra vez al monte
para que su mamá lo encuentre.

Y luego me preguntabas,
con esos ojos abiertos
como si el mundo dependiera de la respuesta:

—¿Lo he salvado, verdad?

Y con tu inocencia
lograbas arrancarme una sonrisa.

Entonces cubría tu cabeza mojada
con un lienzo
y te decía despacio:

Sí, mi niño.
Has salvado la vida del pajarito.

Hoy,
cuando vuelve la lluvia
y el parque se queda en silencio,
comprendo algo más.

Quizá aquel día
no sólo salvaste a un pájaro.

Quizá me enseñaste
que los corazones como el tuyo
vienen al mundo
para proteger la vida
aunque sea por un instante.

Y mientras miro la lluvia caer,
me gusta pensar
que en algún lugar del cielo
también hay un pequeño pájaro
volando cerca de ti.

Porque tu inocencia, hijo mío,
no murió con la lluvia.

Se quedó
viviendo para siempre
dentro de mi memoria. 









 

sábado

Y YA VUELAS LIBRE





 







El dolor me atenaza el alma.  
No he sentido vacío  
más insondable,  
desgarrador, punzante,  
atormentado, atroz,  
como el que ahora me habita.

Me aferra,  
tira de mí hacia  
lo profundo, lo tenebroso,  
lo sombrío, lo lúgubre,  
al odio, la rabia,  
la incomprensión.

Todo son preguntas,  
soliloquios.  
Si fue,  
si hubiera sido.  
Si…

Y el mundo  
se desdibuja,  
deja de existir,  
no contiene nada que me distraiga  
de este inmenso dolor,  
este vacío que me engulle,  
me difumina, me desvanece,  
me diluye,  
me borra de la vida.

Ya nada importa.  
Odio a los vivos porque están.  
Mi propia vida la odio  
por no haber mutado por la tuya.

Con esa vida tan amada,  
tan lejana, tan tuya,  
tan poco mía.

La ausencia me mata,  
no la de antes, la de ahora,  
la del silencio eterno,  
la de la partida irrevocable.

Y ahora tú  
vuelas sin lastre,  
acaricias las copas  
de los altos pinos,  
tu libertad  
es mi condena.

Y la expiación  
regresa.  
Se cierra.  
Aprieta.

El dolor  
me atenaza el alma.

 

 

 












jueves

CUANDO LA ESPERANZA MUERE









Cruel es la vida
cuando atenaza,
cuando clava sus dedos torpes
en la carne distraída
y arranca lo único que quedaba en pie.

No es la pérdida de otra piel,
ni la ausencia cotidiana de una mirada
lo que desgarra hasta el hueso,
sino el asalto feroz, definitivo,
al frágil brote de la esperanza.

Te atenaza con el quebranto último,
con ese latido roto
que ya no sabe latir.
Roba la última brizna,
la mínima hebra de sentido
que aún sostenía el cuerpo
en pie sobre el abismo.

Ya no habrá reencuentro.
Ni besos por llegar,
ni palabras aplazadas,
ni perdones pendientes,
ni un abrazo tierno
donde esconder la intemperie.

Se instala la desolación absoluta,
densa, inmóvil, mineral.
La soledad más profunda
desciende como un pozo sin agua,
como una noche sin estrellas,
como un invierno sin orillas.

El vacío,
el más terrible,
abisal, oscuro, cavernoso,
un hueco que no cicatriza
porque no es herida,
es amputación del sentido.

La Parca gana la partida
sin gloria ni ruido,
con la impunidad de lo irreversible.

Solo queda un disfraz harapiento de vida,
un cuerpo que respira por inercia,
una voz que se apaga hacia dentro,
una madre sin el hijo.

Y el mundo continúa,
obscenamente intacto.

Juan Gabriel 20-02-1981- 28-01.2026

Sin preguntar al tiempo (Cuaderno de los elementos)


 





He dejado que la lluvia
resbale por mi cuerpo
como una memoria líquida
que no pregunta.

He sentido al viento
bailar con mi pelo,
y desordenar los nombres,
llevarse lo que pesa.

He dejado al sol
acariciar mi piel
hasta volverla
un territorio tibio,
sin fronteras.

He sentido que la tierra
penetraba entre las grietas de mis pies,
lenta, oscura, fértil,
enseñándome
a permanecer.

He dejado que el fuego
dance a mi alrededor,
sin herirme,
apenas un pulso,
una vigilia encendida.

Y en ese ir dejando
algo se abre
sin ruido,
como si el mundo respirara
a la vez que yo,
y ya no hiciera falta decir
hacia dónde
ni cuándo
ni por qué…

 


viernes

Una vez fui Machu Picchu


 





He llegado hasta aquí
con los pies cansados
y el alma despierta.

La piedra me reconoce.
Me nombra sin voz.
Me dice: ya estuviste aquí.

El aire es antiguo
y entra lento en el pecho,
como si supiera
que no vengo a conquistarle,
solo a recordar.

Me apoyo en la luz,
en esta hierba que aún guarda
el pulso de los dioses.
Las montañas no miran:
velan.
Custodian el silencio
que también soy.

Aquí mi cuerpo pesa menos.
La edad se me cae de los hombros
como un abrigo innecesario.
Soy mujer y soy camino,
soy la que llegó
y la que siempre estuvo.

Las terrazas laten.
Cada escalón es una pregunta
que no necesita respuesta.
La piedra sabe esperar.
Yo aprendo.

Cierro los ojos.
El tiempo se pliega
como un pañuelo antiguo.
Oigo a las mujeres que molieron maíz,
a los hombres que hablaron con el cielo,
a la tierra pariendo historia
sin pedir permiso.

No estoy sola.
Nunca lo estuve.

Machu Picchu me sostiene
con su espalda verde
y su corazón de roca.
Me abrazo al mundo
y el mundo, por un instante,
me abraza de vuelta.

Y en ese gesto mínimo,
sagrado,
comprendo:
hay lugares que no se visitan,
se recuerdan.