¿Ves?
Te hablo
y nadie me escucha.
Soy una voz
sorda en el viento.
Un
sentimiento ardiente,
un alma sin futuro,
una brizna
lanzada al universo.
Te nombro
y el mundo no responde.
Tu nombre
cae
en el silencio
como una piedra
en un pozo sin fondo.
Camino entre
los días
como quien atraviesa cenizas,
con las manos vacías
y el corazón
lleno de ausencia.
¿Ves, hijo?
La casa
respira tu falta,
las paredes
han aprendido tu silencio,
y hasta la luz
parece caminar más despacio
desde que te fuiste.
Te hablo
aunque sé
que quizá mi voz
no alcanza tu cielo.
Te hablo
porque callar
sería perderte dos veces.
Y aquí sigo,
Gabriel,
brizna en mitad del universo,
madre sin orilla,
llamando a tu nombre
mientras el
viento
se lo lleva
todo.

