A veces,
cuando llueve,
miro al parque
y me quedo quieta,
como si el tiempo
se hubiera detenido entre los árboles.
Entonces
una sonrisa leve
se dibuja en mi boca,
hecha de recuerdos,
de otras lluvias,
de otros años
que aún viven en algún rincón del alma.
Y te veo.
Te veo
entrando corriendo por la finca,
con los pies chapoteando en los charcos,
la ropa empapada,
el pelo pegado a la frente
y la voz llena de mundo.
—Mamá, mamá,
¡mira lo que tengo!
Y llegabas
hasta mí
con un pajarillo entre las manos,
tembloroso,
mojado de lluvia
igual que tú.
Pelo de
niño,
plumas de ave,
dos criaturas diminutas
rescatadas de la tormenta.
Pero tus
mejillas
ardían rojas
por la carrera
y por la emoción de haber salvado algo.
—Mira mamá,
lo he salvado
de morir bajo la lluvia.
Entonces
buscábamos una caja,
y la llenábamos de algodón,
capa sobre capa,
como si estuviéramos
construyendo un pequeño nido humano.
Y tú lo
mirabas en silencio
con esa ternura tan tuya
que parecía venir de un lugar
donde aún no existe el dolor.
—Mamá,
mañana,
cuando deje de llover,
lo llevo otra vez al monte
para que su mamá lo encuentre.
Y luego me
preguntabas,
con esos ojos abiertos
como si el mundo dependiera de la respuesta:
—¿Lo he
salvado, verdad?
Y con tu
inocencia
lograbas arrancarme una sonrisa.
Entonces
cubría tu cabeza mojada
con un lienzo
y te decía despacio:
Sí, mi niño.
Has salvado la vida del pajarito.
Hoy,
cuando vuelve la lluvia
y el parque se queda en silencio,
comprendo algo más.
Quizá aquel
día
no sólo salvaste a un pájaro.
Quizá me
enseñaste
que los corazones como el tuyo
vienen al mundo
para proteger la vida
aunque sea por un instante.
Y mientras
miro la lluvia caer,
me gusta pensar
que en algún lugar del cielo
también hay un pequeño pájaro
volando cerca de ti.
Porque tu
inocencia, hijo mío,
no murió con la lluvia.
Se quedó
viviendo para siempre
dentro de mi memoria.

















