¿Sabes quién ha muerto?
Así empiezan las tardes.
No preguntan por los vivos,
porque de los vivos
queda cada vez menos que contar.
Preguntan por los muertos.
Y desfilan los nombres
por las bocas cansadas del pueblo,
uno detrás de otro,
como si alguien los llamara
desde la otra orilla.
La Carmen.
El Julián.
La mujer del médico.
El que tenía el bar
antes de que cerrara.
Y siempre hay alguien
que levanta un poco más la voz:
—El mío era muy querido.
Como si todavía pudieran oírle.
Como si hubiera que defenderlos
ahora que ya no están
para defenderse solos.
Y yo callo.
El mío va conmigo,
muy dentro del alma.
Después comparan edades,
enfermedades,
funerales,
la cantidad de gente
que acudió al entierro.
El mío vivió más.
El mío fue más conocido.
El mío...
Y pienso
qué extraño este pueblo
donde hasta los muertos
tienen que competir.
Mientras tanto,
una silla vacía
queda al lado de una puerta.
Nadie la retira.
Otra silla, más allá.
Y otra.
Como si fueran a volver
cuando termine el invierno.
Pero el invierno no termina.
Se cuela por las grietas,
entra en las habitaciones vacías,
se acuesta sobre las camas
donde ya nadie sueña
y deja escarcha
en los retratos.
Los bares fueron echando la persiana,
uno después de otro,
hasta dejar en las calles
un silencio espectral.
Las persianas bajaron
con un ruido que todavía resuena.
Las tiendas se fueron quedando solas
hasta que solo quedó una,
como una última vela
encendida en mitad del pueblo.
Y al cruzarse siguen preguntando:
¿Sabes quién ha muerto?
No preguntan por la casa vacía.
Ni por la tienda que cerró.
Ni por los niños
que ya no corren por la plaza.
Preguntan por los muertos.
Porque los muertos
son lo único que todavía crece.
Cada nombre ocupa un lugar
en la memoria.
Cada ausencia,
una silla.
Cada invierno,
otra grieta.
Y el cementerio,
paciente,
va ganándole terreno al monte.
Allí no cierran los bares.
No desaparecen las tiendas.
No se apagan las ventanas.
Allí siempre hay sitio.
Por eso lo están ampliando.
Para los nuevos vecinos.
Y pienso que quizá
ese sea el futuro del pueblo:
una sombra
en la que cada vez
quedan menos voces
para decir:
¿Sabes quién ha muerto?
Hasta que un día
nadie pregunte.
Porque ya no quedará nadie
para responder.

















