Relato de terror para Halloween 2026
El tren
avanza por las vías con su traqueteo monótono, devorando metros de oscuridad,
cuando, de pronto, aparece la bestia. Su boca se abre ante nosotros en una
mueca obscena, una garganta inmensa erizada de dientes de cemento, dispuestos a
triturar la carne metálica del convoy. No hay tiempo para gritar. Nos engulle
de un solo bocado y, con nosotros, desaparece el mundo.
El tiempo se
detiene.
La oscuridad
deja de ser la ausencia de luz para convertirse en algo vivo, un ente viscoso,
negro y resbaladizo que se arrastra por los cristales, tantea las junturas de
las puertas y se desliza bajo los asientos. La siento reptar por mis piernas,
trepar por mi espalda y detenerse en la nuca, donde deposita su aliento helado.
No puedo verla, pero sé que está ahí. Y lo peor es que parece conocerme.
En mi pecho
nace una ola de angustia que crece con una rapidez monstruosa. La ansiedad
adormece todos los demás sentimientos, los sepulta bajo su peso y se agiganta hasta
desbordarme. Ya no me pertenece. Rueda por los pasillos del vagón, se instala
en los asientos vacíos, se sienta junto a los desconocidos y les muerde la
carne sin pedir permiso. Uno tras otro, los pasajeros levantan la cabeza, se
miran con ojos desorbitados y contienen la respiración al mismo tiempo. Nadie
habla. Nadie se mueve. Incluso los niños han aprendido a callar.
El espacio
comienza a comprimirse. Los cuerpos se aprietan unos contra otros, aunque nadie
parece tocar a nadie. El tiempo, mientras tanto, se estira con una elasticidad
diabólica: los minutos se convierten en horas, las horas en días y cada segundo
se abre como una herida que no termina de cerrarse. Quiero mirar el reloj, pero
temo descubrir que sus agujas también han muerto.
La oscuridad,
la angustia y el terror se apoderan de cuanto encuentran a su paso. Las paredes
parecen acercarse, el techo desciende lentamente y el aire se vuelve espeso,
insuficiente, cargado de un olor húmedo que recuerda a las criptas donde los
muertos esperan a que alguien pronuncie sus nombres. Me llevo las manos a la
garganta. La ropa me oprime, me estrangula; los botones de la blusa parecen
pequeños ojos negros que me observan con una satisfacción repugnante. Tiro del
cuello, intento arrancarme la tela, necesito respirar. Necesito salir de allí.
Necesito que alguien me diga que esto no está pasando.
Entonces,
desde el exterior, llega un ruido.
Un golpe
metálico, profundo, sordo. Después otro. Y otro más.
La bestia
está masticando.
Los sonidos
retumban dentro del vagón, amplificados por una megafonía invisible. Cada
crujido hace vibrar las ventanillas; cada rechinar de dientes sacude las
entrañas del tren. Imagino las fauces cerrándose sobre nosotros, los dientes de
cemento triturando el acero, los huesos de los pasajeros reducidos a polvo. Me
aferro al asiento delantero con tanta fuerza que siento cómo las uñas se me
clavan en las palmas.
Una mujer
solloza a mi espalda. Un hombre reza en voz baja. Alguien pronuncia el nombre
de su madre. Yo cierro los ojos y pienso que, si existe un infierno, debe de
parecerse mucho a este vagón: demasiada gente, ninguna salida y una eternidad
compartida con desconocidos.
De pronto,
la bestia ruge.
El tren
entero se estremece. Los asientos rebotan, el suelo late bajo mis pies y las
luces parpadean como ojos a punto de apagarse. Un estruendo sacude el túnel y,
a lo lejos, se oye el arranque de un motor. El monstruo parece despertar de un
sueño milenario. Su rugido se vuelve más intenso, más próximo, hasta que el
vagón entero amenaza con desintegrarse.
Me preparo
para morir.
Y entonces,
sin previo aviso, el tren vuelve a moverse.
Primero
lentamente, después con una sacudida que nos lanza contra los respaldos. La
oscuridad retrocede, la presión sobre mi pecho afloja y el aire regresa a mis
pulmones en una bocanada desesperada. Las luces se estabilizan. Por las
ventanillas vuelve a desfilar el hormigón del túnel, gris, indiferente,
perfectamente vulgar.
Salimos a la
estación.
Han
transcurrido apenas unos minutos.
Los
pasajeros recuperan el habla, se recolocan los abrigos y consultan sus
teléfonos. Un niño vuelve a llorar. La mujer de mi espalda se suena la nariz.
El hombre que rezaba mira su reloj con expresión ofendida, como si el mismísimo
demonio acabara de hacerle perder una cita.
Yo sigo
temblando. Me toco la garganta, compruebo que puedo respirar y miro por la
ventanilla con desconfianza. Las fauces han desaparecido. No hay dientes de
cemento, ni rugidos, ni una criatura hambrienta aguardando en las
profundidades. Solo un túnel y sus paredes manchadas de humedad.
Entonces,
por la megafonía, una voz anuncia con absoluta naturalidad:
—Disculpen
las molestias. El tren ha permanecido detenido unos minutos debido a una
incidencia técnica.
Miro a los
demás pasajeros. Nadie protesta. Nadie parece sorprendido. Una señora incluso
suspira aliviada y comenta que, por lo menos, no hemos tenido que hacer
transbordo.
Me echo a
reír. Una risa nerviosa, descontrolada, casi indecente después del horror que
acabamos de atravesar.
Hasta que el
tren vuelve a sacudirse.
Las luces
parpadean una vez. Solo una.
Y desde
algún lugar bajo el suelo, muy cerca de mis pies, escucho un chasquido húmedo,
seguido de una voz profunda que susurra:
—
¿Incidencia técnica? ¡Y un cuerno! ¡Llevo tres estaciones intentando tragarme
este maldito tren y el conductor no deja de frenar!
Me quedo
inmóvil.
La megafonía
vuelve a sonar:
—Próxima
estación: Getafe Centro
Y, por
primera vez en mi vida, pido para que el tren llegue puntual. No vaya a ser que
el monstruo tenga hambre atrasada.

















