Entre las ramas
brillando en el ocaso,
la araña observa.

atrapado dentro
del ámbar milenario,
incapaz de hallar la salida
ansiando respirar la polución
del mundo exterior.
Huir de amores truncados,
de lesiones que cercenan la piel.
Hallar otros luceros que vean
esa imagen hermosa de mí,
esa que yo no descubro
en el azogue del espejo.
Unos fanales
que perciban belleza
donde observo oscuridad.
sin esperanza ni retorno.
Otra alma que deja un
vacío
en la entelequia del
alma mía.
Otra flor marchita
arrojada al baúl
de esta memoria
desmentida y olvidada.
Otra vez las lágrimas
recorren mi faz
despidiendo la ausencia,
en esta tristeza
cruel de la distancia.
Travesía infinita
que añora las miradas
que ya no volverán
a ver mis ojos.
Languidece la hermana
único testigo de mi
ausencia
y tu ausencia final.
recorro la acuarela
yerma de nuestra lecho.
Donde tus besos
no dejan estelas
sobre mi piel.
Donde tus dedos
no se deslizan
por mi espalda.
En las alas del viento,
que te desvanece
de mi mañana
y me rehúsa
tu ayer.
Serpenteas por los rastrojos
de una piel humana,
desgarrándote de silencios,
envenenada de opacidad.
La estulticia de algunos
seres,
habitantes de las sentinas
de la vida.
Moradores de cloacas
de la moral y la ética
que te laceran la piel del alma
con la ausencia de claridad
y con sonidos sordos
plétoras innobles
de los meandros
del destierro de la concordia.
Nace la primavera,
el sol acaricia mi piel
elevando oleadas de placer
e intuyo que florecen tus besos,
besos de sur y arena.
Tu húmeda boca me recuerda
a tu mar tan azul,
tan suave
en sus caricias.
Tan como tú
y tan diferente.
Cálido, afable, amante
pero siempre
con un poso de indiferencia.
Tu piel me huele
a naranjas dulces,
y azahares en el aire.
La distancia, ¡ay la distancia!
Me recuerda a tempestades
de Poniente con sus agujas
de arena y sal.

Quiero invadirte.
Rendir la armadura de tu ropaje
y lamer tu piel,
deslizar mis manos dulcemente
por cimas y quebradas ,
asediar tu boca y comerla con ansia.
Y en el paroxismo de la contienda,
aprehender tu sexo
hasta la más imperiosa capitulación.
Y ahí ofrecerme íntegra
para que cohabites
mis oquedades de pasión
y ser sojuzgada entonces.
Así yaceremos victoriosos
ambos,
los dos vencidos
por los regimientos del deleite.
© Maite
Martín-Camuñas
habitar un
corazón
antes de
habitar un cuerpo.
Subiendo beso
a beso
latido a
latido
por las oscuras
cuevas del deleite,
o por extensas
praderas
de piel y
hueso.
En torno a esta guerra
dialéctica
que nos envuelve,
donde somos
tú y yo
las mesnadas.
Por un
instante mi boca
fue
territorio ocupado.
Por lo
mórbido
de tu
lengua
tomando posesión
de los
batallones
de milicias
marfileñas.
Cuando
abandonaste
esos territorios
cayó la tribulación
del deshabitado
y la avidez
de una
nueva ocupación
aceptando
la capitulación
más
absoluta.
Ella fue reclamada
recién estrenada su existencia
cuando el amor se gestaba
en su morada.
Le arrojó con acritud,
Quiso evitarle el oprobio,
la aflicción en sus entrañas.
Le rechazó en el tálamo de muerte.
Hoy le aguarda con ternura
al otro lado de la Estigia laguna
Esperando besarle nuevamente
con la vehemencia
que no desvaneció la distancia.
Él ya es un anciano,
ella preserva la tersura en sus mejillas,
la vida no pasó por su mirada,
que le observa con ojos de muchacha.
A Mari Carmen y Teo,
quienes hoy se han reencontrado
Mis andalias
iniciaron la senda,
más la traición
no fue mía.
La ira de los sigilos,
el dolor de la ausencia
que se desliza
entre el viento
y la hoja que cae
a la tierra
llenando ese espacio
de soledad y mudez.
Entre un hoy y un mañana
entramos en esa
cárcel de silencio
que saturó
nuestros sueños
dejando a la
vida huérfana
de amor y deseo.
todos perecemos.
Tú caíste ayer,
tu calavera insepulta
descansa acunada por la tierra.
No te concedieron
-siquiera eso-
elevarte entre volutas
con anhelo de estrellas.
Sangre oscura
de muerte abrupta.
A quienes oprimieron el gatillo,
de un soplo,
los borró la historia.
Vosotros habitaréis
en pámpanos al céfiro
de la inmortalidad.
Quisieron extirparos
y os transmutaron en simientes.
De cada amapola de los
heridos pechos,
nacieron mil robles
que os dan sombra y cobijo
y vuestro lugar en la Historia.
Desgasto
las baldosas del piso
en este ir
interminable,
con
deambular apático,
me concede huir
del desarraigo.
Mientras la
mente
vuela libre
a lugares
inaccesibles
donde los sujetos
habitamos
en jaulas
mientras
el resto de
las criaturas
vienen a
mofarse
ya que el
más humilde
y pequeño
de los organismos
cogió el
látigo del domador.
Aislada del
mundo
por la
atronadora música
que brota
incansable
de mis
auriculares.
Entre tanto
mi mente gira
en la
vorágine huracanada
de
recuerdos confusos,
mis alas de
mariposa
quedan
rotas
al pie de
esa montaña lejana
o
sobre ese
mar
tejido de
blanca espuma
y azul
añil.
Me embarga la melancolía
la nostalgia y el quebranto.
Me falta tu alegría,
el verde de tus pupilas
y el blanco de tu sonrisa.
Las historias que proferíamos,
las que perduraron furtivas,
lo que nos encadena
y lo absoluto que nos aleja
Constituyen parte de la vida,
de esa existencia que es tuya
y que codiciara mía.
Te presentí
mujer quebrada.
Mariposa de
noche
con alas fragmentadas,
figura
triste y sumida
en la
recóndita
zozobra de
olvido
que da una
copa de vino.
Perdida
entre la gente
que
transita a su orilla
y la
desdeña.
Con tus
quimeras truncadas
desventurada
mujer rota.
A la vera del sendero,
un enorme pinus se erguía.
Atesoraba entre su
frondosa enramada
la morada de un gorrión,
que entre sus acículas
se laceraba sus plumas y
el corazón hondamente
porque el amor no llegaba
a su morada precisa.
Solo en el bosque lloraba
de tristeza y soledad.
Más pasó por su vereda
un furtivo cazador
que acechaba a unos corzos
ocultos en la espesura
y al escuchar el trinar
del avecilla cantora
se quedó tan conmovido
que se olvidó de su presa
y consoló al afligido.
En el entorno del bosque
se erige inhiesto un árbol,
en otoño dará sus frutos
y sombra a quien transita
en el áspero estío.
Mira desde la distancia
las penas del hombre mínimo
que se acomoda en su tronco.
Su mirada es antigua
ni divaga
ni anhela,
habita el sol y la lluvia,
el viento y el destino,
imperturbable y sereno,
este árbol de la senda.