Cruel es la
vida
cuando atenaza,
cuando clava sus dedos torpes
en la carne distraída
y arranca lo único que quedaba en pie.
No es la
pérdida de otra piel,
ni la ausencia cotidiana de una mirada
lo que desgarra hasta el hueso,
sino el asalto feroz, definitivo,
al frágil brote de la esperanza.
Te atenaza
con el quebranto último,
con ese latido roto
que ya no sabe latir.
Roba la última brizna,
la mínima hebra de sentido
que aún sostenía el cuerpo
en pie sobre el abismo.
Ya no habrá
reencuentro.
Ni besos por llegar,
ni palabras aplazadas,
ni perdones pendientes,
ni un abrazo tierno
donde esconder la intemperie.
Se instala
la desolación absoluta,
densa, inmóvil, mineral.
La soledad más profunda
desciende como un pozo sin agua,
como una noche sin estrellas,
como un invierno sin orillas.
El vacío,
el más terrible,
abisal, oscuro, cavernoso,
un hueco que no cicatriza
porque no es herida,
es amputación del sentido.
La Parca
gana la partida
sin gloria ni ruido,
con la impunidad de lo irreversible.
Solo queda
un disfraz harapiento de vida,
un cuerpo que respira por inercia,
una voz que se apaga hacia dentro,
una madre sin el hijo.
Y el mundo
continúa,
obscenamente intacto.
He dejado que la lluvia
resbale por mi cuerpo
como una memoria líquida
que no pregunta.
He sentido al viento
bailar con mi pelo,
y desordenar los nombres,
llevarse lo que pesa.
He dejado al sol
acariciar mi piel
hasta volverla
un territorio tibio,
sin fronteras.
He sentido que la tierra
penetraba entre las grietas de mis pies,
lenta, oscura, fértil,
enseñándome
a permanecer.
He dejado que el fuego
dance a mi alrededor,
sin herirme,
apenas un pulso,
una vigilia encendida.
Y en ese ir dejando
algo se abre
sin ruido,
como si el mundo respirara
a la vez que yo,
y ya no hiciera falta decir
hacia dónde
ni cuándo
ni por qué…
He llegado hasta aquí
con los pies cansados
y el alma despierta.
La piedra me reconoce.
Me nombra sin voz.
Me dice: ya estuviste aquí.
El aire es antiguo
y entra lento en el pecho,
como si supiera
que no vengo a conquistarle,
solo a recordar.
Me apoyo en la luz,
en esta hierba que aún guarda
el pulso de los dioses.
Las montañas no miran:
velan.
Custodian el silencio
que también soy.
Aquí mi cuerpo pesa menos.
La edad se me cae de los hombros
como un abrigo innecesario.
Soy mujer y soy camino,
soy la que llegó
y la que siempre estuvo.
Las terrazas laten.
Cada escalón es una pregunta
que no necesita respuesta.
La piedra sabe esperar.
Yo aprendo.
Cierro los ojos.
El tiempo se pliega
como un pañuelo antiguo.
Oigo a las mujeres que molieron maíz,
a los hombres que hablaron con el cielo,
a la tierra pariendo historia
sin pedir permiso.
No estoy sola.
Nunca lo estuve.
Machu Picchu me sostiene
con su espalda verde
y su corazón de roca.
Me abrazo al mundo
y el mundo, por un instante,
me abraza de vuelta.
Y en ese gesto mínimo,
sagrado,
comprendo:
hay lugares que no se visitan,
se recuerdan.