sábado

Y YA VUELAS LIBRE





 







El dolor me atenaza el alma.  
No he sentido vacío  
más insondable,  
desgarrador, punzante,  
atormentado, atroz,  
como el que ahora me habita.

Me aferra,  
tira de mí hacia  
lo profundo, lo tenebroso,  
lo sombrío, lo lúgubre,  
al odio, la rabia,  
la incomprensión.

Todo son preguntas,  
soliloquios.  
Si fue,  
si hubiera sido.  
Si…

Y el mundo  
se desdibuja,  
deja de existir,  
no contiene nada que me distraiga  
de este inmenso dolor,  
este vacío que me engulle,  
me difumina, me desvanece,  
me diluye,  
me borra de la vida.

Ya nada importa.  
Odio a los vivos porque están.  
Mi propia vida la odio  
por no haber mutado por la tuya.

Con esa vida tan amada,  
tan lejana, tan tuya,  
tan poco mía.

La ausencia me mata,  
no la de antes, la de ahora,  
la del silencio eterno,  
la de la partida irrevocable.

Y ahora tú  
vuelas sin lastre,  
acaricias las copas  
de los altos pinos,  
tu libertad  
es mi condena.

Y la expiación  
regresa.  
Se cierra.  
Aprieta.

El dolor  
me atenaza el alma.

 

 

 












jueves

CUANDO LA ESPERANZA MUERE









Cruel es la vida
cuando atenaza,
cuando clava sus dedos torpes
en la carne distraída
y arranca lo único que quedaba en pie.

No es la pérdida de otra piel,
ni la ausencia cotidiana de una mirada
lo que desgarra hasta el hueso,
sino el asalto feroz, definitivo,
al frágil brote de la esperanza.

Te atenaza con el quebranto último,
con ese latido roto
que ya no sabe latir.
Roba la última brizna,
la mínima hebra de sentido
que aún sostenía el cuerpo
en pie sobre el abismo.

Ya no habrá reencuentro.
Ni besos por llegar,
ni palabras aplazadas,
ni perdones pendientes,
ni un abrazo tierno
donde esconder la intemperie.

Se instala la desolación absoluta,
densa, inmóvil, mineral.
La soledad más profunda
desciende como un pozo sin agua,
como una noche sin estrellas,
como un invierno sin orillas.

El vacío,
el más terrible,
abisal, oscuro, cavernoso,
un hueco que no cicatriza
porque no es herida,
es amputación del sentido.

La Parca gana la partida
sin gloria ni ruido,
con la impunidad de lo irreversible.

Solo queda un disfraz harapiento de vida,
un cuerpo que respira por inercia,
una voz que se apaga hacia dentro,
una madre sin el hijo.

Y el mundo continúa,
obscenamente intacto.

Juan Gabriel 20-02-1981- 28-01.2026