Cruel es la
vida
cuando atenaza,
cuando clava sus dedos torpes
en la carne distraída
y arranca lo único que quedaba en pie.
No es la
pérdida de otra piel,
ni la ausencia cotidiana de una mirada
lo que desgarra hasta el hueso,
sino el asalto feroz, definitivo,
al frágil brote de la esperanza.
Te atenaza
con el quebranto último,
con ese latido roto
que ya no sabe latir.
Roba la última brizna,
la mínima hebra de sentido
que aún sostenía el cuerpo
en pie sobre el abismo.
Ya no habrá
reencuentro.
Ni besos por llegar,
ni palabras aplazadas,
ni perdones pendientes,
ni un abrazo tierno
donde esconder la intemperie.
Se instala
la desolación absoluta,
densa, inmóvil, mineral.
La soledad más profunda
desciende como un pozo sin agua,
como una noche sin estrellas,
como un invierno sin orillas.
El vacío,
el más terrible,
abisal, oscuro, cavernoso,
un hueco que no cicatriza
porque no es herida,
es amputación del sentido.
La Parca
gana la partida
sin gloria ni ruido,
con la impunidad de lo irreversible.
Solo queda
un disfraz harapiento de vida,
un cuerpo que respira por inercia,
una voz que se apaga hacia dentro,
una madre sin el hijo.
Y el mundo
continúa,
obscenamente intacto.
