viernes

Una vez fui Machu Picchu


 





He llegado hasta aquí
con los pies cansados
y el alma despierta.

La piedra me reconoce.
Me nombra sin voz.
Me dice: ya estuviste aquí.

El aire es antiguo
y entra lento en el pecho,
como si supiera
que no vengo a conquistarle,
solo a recordar.

Me apoyo en la luz,
en esta hierba que aún guarda
el pulso de los dioses.
Las montañas no miran:
velan.
Custodian el silencio
que también soy.

Aquí mi cuerpo pesa menos.
La edad se me cae de los hombros
como un abrigo innecesario.
Soy mujer y soy camino,
soy la que llegó
y la que siempre estuvo.

Las terrazas laten.
Cada escalón es una pregunta
que no necesita respuesta.
La piedra sabe esperar.
Yo aprendo.

Cierro los ojos.
El tiempo se pliega
como un pañuelo antiguo.
Oigo a las mujeres que molieron maíz,
a los hombres que hablaron con el cielo,
a la tierra pariendo historia
sin pedir permiso.

No estoy sola.
Nunca lo estuve.

Machu Picchu me sostiene
con su espalda verde
y su corazón de roca.
Me abrazo al mundo
y el mundo, por un instante,
me abraza de vuelta.

Y en ese gesto mínimo,
sagrado,
comprendo:
hay lugares que no se visitan,
se recuerdan.